De vuelta a casa por unos días, ayer y anteayer pude ver los partidos que programé del torneo Super XV de rugby, torneo que juegan 15 franquicias de Sudáfrica, Australia y Nueva Zelanda. Se trataba de los dos últimos partidos que quedaban por disputar: la segunda semifinal, que jugaron los equipos sudafricanos Stormers, de Ciudad del Cabo, y The Sharks, de Durban; y la final, que disputaron los Sharks contra los neozelandeses Chiefs, de la región de Waikato (en la isla norte).
El encuentro tuvo lugar el pasado 4 de agosto en el campo de los Chiefs, en la ciudad de Hamilton.
Vencieron los Chiefs, aunque había apostado a que lo harían los Sharks. Y vencieron merecidamente. Chiefs han demostrado ser el mejor equipo o, al menos, el más equilibrado, compensado y completo. Un equipo con una línea de tres cuartos muy dinámica, a la que le gusta el juego abierto y veloz pero que, al mismo tiempo, no rehúyen el juego cerrado, de choque y la dureza de las delanteras. Esta combinatoria es típica del rugby neozelandés, y esa es, en parte, la razón de su hegemonía en este juego. Este año, los que mejor lo han hecho han sido estos Chiefs que, además, era la primera vez que obtenían el campeonato.
Pero quiero hablar ahora del rugby sudafricano, y de unas características que me parece ver en él y que a fuerza de contemplar partidos me han ido fascinando. Todo el mundo sabe que el rugby sudafricano, tanto el de sus equipos como, sobre todo, el que practican los Springboks (la selección), es rudo, fuerte, cerrado, de contacto total. Un rugby que se concibe a partir de la idea de que es el pack de delanteros el que ha de definir su estética. De ello se deriva un juego que antes que violento me parece terriblemente melancólico, triste y agónico. Trágico, sobre todo, trágico. Ver como se ponen una y otra vez a lo suyo las tres primeras líneas de, por ejemplo, los Sharks; con sus rostros y expresiones inmutables, desprovistas de glamour y que más recuerdan a las de una cuadrilla de trabajadores en el cambio de turno; ver eso reiteradas veces me hizo pensar en si esa cualidad de su rugby no tendría algo que ver con su propia idiosincrasia nacional, con su condición de ciudadanos del país al que pertenecen (o, al menos, pertenecían). O bien, con una cierta "provisionalidad", como dice J.M. Coetzee en su libro Verano: "Éramos reacios a integrarnos demasiado en el país, puesto que más tarde o más temprano sería preciso cortar nuestros vínculos con él, esa integración quedaría anulada."
Hace un par de semanas, leyendo este Verano, encontré un pasaje en el que el autor sudafricano rememora la relación con su padre a partir de un episodio relacionado con el rugby. Es un episodio triste, crepuscular, oclusivo, incluso asfixiante. Una tragedia de baja intensidad.
No sé muy bien que debe pensar Coetzee en este momento postestructuralista del rugby, pero al parecer fue importante o, al menos, formó parte de su conglomerado sentimental. Además, no es lo primero que le he leído sobre este deporte. En 1978 escribió un breve ensayo llamado "Four Notes on Rugby", en el que comentaba en voz alta algunos puntos sobre el origen y arraigo del rugby en Sudáfrica y, por extensión, en otros países de la Commonwealth. Un texto crítico, en efecto, pero más con las personas que rodean y organizan este deporte que con el propio juego; por el chovinismo y las entelequias nacionales con las que, una vez más, se trata de envolver un deporte..
Años después, en 1995, cuando los Springboks se hicieron con el campeonato del mundo en Sudáfrica, peripecia que retrata parcialmente (aunque no bien) el film Invictus de Clint Eastwood y que sirvió de argumento para el libro de John Carlin del que había partido la película, Coetzee escribió un amargo artículo al respecto en Southern African Review of Books titulado "Retrospect: the World Cup of Rugby". Es más, si tienen a bien leerlo en el enlace que les he puesto, se daran cuenta de que es la otra cara, el negativo de la versión hollywoodiense edulcorada, simplista y ramplona que ofrece el con frecuencia sobrevalorado Eastwood. (Vean los extras que acompañan a la película en la edición en dvd y verán como no tiene ni puta idea de lo que habla.)
Pero, pongamos ese pasaje de Verano del que he hablado, pues ha sido lo que en verdad ha motivado esta entrada. Él, y esa coincidencia que creo ver con una impresión mía muy personal y que no sabía cómo verbalizar. Dicho pasaje se encuentra al comienzo de la última parte del libro, que se titula "Cuadernos de notas: fragmentos sin fecha."
Fragmento sin fecha
Es una tarde de sábado en invierno, tiempo ritual para el partido de rugby. Él y su padre toman un tren hacia Newlands y llegan a tiempo para presenciar el partido previo a las 2.15. Al partido previo seguirá el partido principal a las cuatro. Cuando finalice, tomarán el tren de regreso a casa.
Va con su padre a Newlands porque los deportes, el rugby en invierno y el críquet en verano, es el vínculo más fuerte que sobrevive entre ellos y porque, el primer sábado tras su regreso al país, cuando vio que su padre se ponía el abrigo y, sin decir palabra, se marchaba a Newlands como un niño solitario, sintió una puñalada en el corazón.
Su padre no tiene amigos. Tampoco los tiene él, aunque por una razón distinta. Cuando era más joven los tenía, pero esos viejos amigos se han dispersado por todo el mundo, y él parece haber perdido la habilidad, o tal vez la voluntad, de trabar nuevas amistades. Así pues, vuelve a tener a su padre por toda compañía y su padre le tiene a él.
A su regreso, le sorprendió descubrir que su padre no conocía a nadie. Siempre había considerado a su padre un hombre sociable, pero o bien se equivocaba o bien su padre ha cambiado. O tal vez se trate simplemente de una de esas cosas que les suceden a los hombres cuando envejecen: se retiran dentro de sí mismos. Los sábados las graderías de Newlands están llenas de ellos, hombres solitarios con impermeables de gabardina grises en el crepúsculo de su vida, reservados, como si su soledad fuese una enfermedad vergonzosa.
Él y su padre se sientan uno al lado del otro en la gradería norte y ven el partido previo. Los acontecimientos de esta jornada están teñidos de melancolía. Esta es la última temporada en que el estadio se utilizará como club de rugby. Con la tardía llegada de la televisión al país, el interés por el rugby ha disminuido. Los hombres que se pasaban las tardes de los sábados en Newlands ahora prefieren quedarse en casa y mirar el partido de la semana. De los millares de asientos en la gradería norte no están ocupados más que una docena. La gradería móvil está totalmente vacía. En la gradería sur hay todavía un grupo de empecinados espectadores mestizos que vienen a animar a los equipos UCT y Villagers y abuchear a Stellenbosch y Van der Stel. Solo en la gradería principal hay un número respetable, tal vez un millar.
Hace un cuarto de siglo, en su infancia, las cosas eran distintas. Un gran día de partidos entre clubes, el día en que los Hamiltons jugaban contra los Villagers, por ejemplo, o el UCT jugaba contra el Stellenbosch, uno tenía que forcejear para encontrar un sitio desde donde ver el partido de pie. Una hora después de que hubiera sonado el pitido final, las furgonetas del Argus corrían por las calles y de ellas iban cayendo paquetes del Sports Edition para los vendedores apostados en las esquinas, con relatos efectuados por testigos oculares de todos los partidos de primera división, incluso de los partidos jugados en las lejanas Stellenbosch y Somerset Oeste, junto con los marcadores de las divisiones menores, 2A, 2B, 3A y 3B.
Aquellos días han quedado atrás. El rugby está dando sus últimas boqueadas. Uno lo percibe hoy no solo en las graderías sino en el mismo terreno de juego. Deprimidos por el espacio resonante del estadio vacío, los jugadores tan solo parecen cumplir con el expediente. Un ritual se está extinguiendo ante sus ojos, un auténtico ritual pequeño burgués sudafricano. Hoy sus últimos fieles se reúnen aquí: ancianos tristes como su padre, hijos sosos y obedientes, como él.
Empieza a caer una ligera lluvia. Él abre el paraguas y cubre a los dos. En el campo, treinta jóvenes poco entusiastas dan tumbos, buscando a tientas el balón mojado.
El partido previo lo juegan Union, de azul celeste, y Gardens, de granate y negro. Union y Gardens ocupan los últimos puestos entre los equipos de primera división y corren peligro de descenso. Antes no era así. Hubo una época en que Gardens era una potencia del rugby en la Provincia Occidental. En casa hay una fotografía enmarcada del tercer equipo del Gardens en 1938, en la que su padre está sentado en primera fila, el jersey de rugby recién lavado, con el emblema del Gardens y el cuello alzado, como estaba de moda, alrededor de las orejas. De no haber sido por ciertos acontecimientos imprevistos, la Segunda Guerra Mundial en particular, ¿quién sabe?, su padre podría haber ascendido incluso al segundo equipo.
Si las viejas lealtades contaran, su padre animaría al Gardens contra el Union. Pero lo cierto es que al señor Coetzee no le importa quién gane, el Gardens, el Union o el hombre en la luna. De hecho, a él le resulta difícil detectar qué es lo que le importa a su padre, en rugby o en cualquier otra cosa. Si pudiera resolver el misterio de qué es lo que le interesa a su padre, tal vez podría ser un mejor hijo. Toda la familia de su padre es así, sin ninguna pasión que él pueda percibir. Ni siquiera parece interesarles el dinero. Lo único que quieren es llevarse bien con todo el mundo y aprovechar la circunstancia para divertirse un poco.
Por lo que respecta a la diversión, él es el último compañero que su padre necesita. En capacidad de hacer reís, es el último de la clase, un tipo lúgubre, un aguafiestas, un hombre rutinario e inflexible.
----------
Un par de consideraciones respecto a este texto. El año en que se supone que Coetzee escribe estas notas biográficas es alguno comprendido entre 1972 y 1975 o 1977. Verano es la versión española de Summertime. Scenes from Provincial Life III, el tercer volumen de la autobiografía novelada del escritor sudafricano.
Lo digo porque ahora las cosas son muy distintas en cuanto a, por ejemplo, esas apreciaciones que hace sobre la popularidad del rugby en su país. Hoy, y desde aquella copa del mundo del post-apartheid, vuelva a ser enorme. Así pues, este relato de los 70 que tiene ese tizne estructuralista típico de esos años, que fueron además los años más terribles, sangrientos y enconados del régimen apartheid, hay que situarlo en su momento.
La segunda cosa a tener en cuenta es que, en efecto, en los años 70 el rugby en Sudáfrica inició un largo fundido a negro que duraría unos 20 años. Esa sangría de espectadores desertando de los campos es real, esa tristeza y esa misoginia, también. Pero, eso es algo que afectó exclusivamente a ese país, y no tiene nada que ver con la alegría que nunca ha dejado de sentirse en los estadios franceses, galeses o neozelandeses, por poner tres casos.
Y un apunte final, desde hace muchos años Coetzee vive en Adelaida, Australia.
Los fragmentos de Verano, de J.M. Coetzee, en traducción de Jordi Fibla Feito, para Random House Mondadori. (Y por si me he pasado con la extensión permitida del fragmento reproducido, de lo cual no tengo ni la más remota idea, voy a tratar de compensarlo haciendo un poco de publicidad gratuita: compren y lean Verano -en edición de bolsillo está baratísimo-, porque es un gran libro.)
Volvamos al rugby. Este próximo sábado comienza el Rugby Championship, el campeonato que cada año enfrenta a las principales selecciones del hemisferio sur, los all blacks neozelandeses, los wallabies australianos y los springboks, a los que este año se sumarán por primera vez los emergentes pumas argentinos. Y comenzará con dos partidazos: Nueva Zelanda-Australia y Sudáfrica-Argentina.
Como cada vez nos interesa menos esto del jazz de verano, les tendremos al corriente aunque a ustedes no les importe ni un pimiento.
The seed-at-zero shall not storm That town of ghosts, the trodden womb, With her rampart to his tapping, No god-in-hero tumble down Like a tower on the town Dumbly and divinely stumbling Over the manwaging line.
The seed-at-zero shall not storm That town of ghosts, the manwaged tomb With her rampart to his tapping, No god-in-hero tumble down Like a tower on the town Dumbly and divinely leaping Over the warbearing line.
Through the rampart of the sky Shall the star-flanked seed be riddled, Manna for the rumbling ground, Quickening for the riddled sea; Settled on a virgin stronghold He shall grapple with the guard And the keeper of the key.
May a humble village labour And a continent deny? A hemisphere may scold him And a green inch be his bearer; Let the hero seed find harbour, Seaports by a drunken shore Have their thirsty sailors hide him.
May be a humble planet labour And a continent deny? A village green may scold him And a high sphere be his bearer; Let the hero seed find harbour, Seaports by a thirsty shore Have their drunken sailors hide him.
Man-in-seed, in seed-at-zero, From the foreign fields of space, Shall not thunder on the town With a star-flanked garrison, Nor the cannons of his kingdom Shall the hero-in-tomorrow Range on the sky-scraping place.
Man-in-seed, in seed-at-zero, From the star-flanked fields of space, Thunders on the foreign town With a sand-bagged garrison, Nor the cannons of his kingdom Shall the hero-in-to-morrow Range from the grave-groping place.
Hoy es un gran día para los aficionados al rugby. Va a haber un partidazo, el que disputarán en el Millenium de Cardiff los equipos de Gales y Francia. Tras haber perdido con Inglaterra, Francia ya no tiene ninguna posibilidad de hacerse con el VI Naciones; Gales sí, y de hacerlo logrando un grand slam. No obstante, Francia está dolida y, por tanto, es peligrosa. Ha dejado mal sabor de boca y querrán resarcirse, por orgullo, por amor propio. Ergo, va a ser un encuentro a cara de perro. No esperaremos a la retransmisión en diferido, trataremos de ir a un garito para verlo en directo.
Entretanto, vamos a recordar al último 8 que tuvo el combinado francés, el legendario Sébastien Chabal, alias 'le boucher', 'le anesthesiste', 'caveman'...
Fíjense en el primer placaje que le hace al también tercera llave de Nueva Zelanda... duele sólo de verlo: lo deja planchao.
El pasado fin de semana tuvo lugar una especie de campeonato de Catalunya de escuelas de rugby, esto es las categorías de alevines (sub-14), benjamines (sub-12) y pre-benjamines (sub-10). La federación catalana de rugby no permite hacer liga hasta la categoría infantil (sub-16).
Si decimos que es una suerte de "campeonato oficioso" es porque normalmente se reúnen en los campos del Complex Educatiu de Tarragona casi todas las escuelas de rugby catalanas, más dos de Valencia que suelen venir habitualmente.
Nuestro hijo, D. Torrance, juega en el Barça dentro de la categoría alevín.
Los equipos alevín y benjamín del Barça han sido los vencedores de sus respectivas categorías.
No pudimos hacer seguimiento del éxito de los benjamines, pues los campos en los que jugaban unos y otros estaban separados (incluso muy separados).
Los alevines del Barça se componen de dos equipos, el A y el B.
Podemos decirles que el equipo A pasó por ahí como un vendaval. No encajaron ni un solo ensayo y lograron 55 puntos, es decir 11 ensayos (no había transformaciones ni golpes de castigo a palos).
Y lo meritorio es que lo hicieron frente a escuelas que son estupendas de verdad, como la del CR Sant Cugat, RC Sitges, UE Santboiana o CAU de Valencia (en realidad -y esto formaría parte de la filosofía de este deporte lento y laborioso- todo el resto de escuelas fueron dignos adversarios: los anfitriones el CR Tarragona, el Girona, Castelledefels, Gòtics, Abelles de Valencia, etc.).
¡Felicidades a todos, y muy especialmente al Barça!
El ensayo final frente al Sant Cugat (sub-14).
Celebración (sub-14).
Y ahora un tema "zéro de conduite"...
----------
Y así quedamos a la espera este fin de semana del emocionante partido de la última jornada del VI Naciones, Gales contra Francia.
Espectacular Gales. Vamos por la mitad del torneo VI Naciones de 2012. Este pasado fin de semana, la sorprendente selección de Gales se ha hecho con la "Triple corona", una especie de competición dentro de la competición, de trofeo dentro del trofeo, que consiste en ganar los partidos frente al resto de equipos de las islas: Escocia, Inglaterra, Irlanda y, claro está, Gales. Gales lleva ganados por el momento tres de los cinco partidos a disputar del torneo VI Naciones, por lo que es una más que firme candidata a hacerse con la copa. Pero, como mostraron en el Mundial del pasado otoño, esta joven Gales ha probado la sangre y le ha gustado, por lo cual quieren ganar además haciéndolo con un grand slam, esto es, ganando los cinco partidos (en su historia ha obtenido 10 grand slams -dos menos que Inglaterra que es la que más veces lo ha logrado-, la última vez en 2008). ¿Impedimentos para lograrlo? El próximo día 10 de marzo, Italia, a la que seguramente vapulearán sin misericordia, y el 17, Francia, en lo que seguramente será uno de los partidos del año. La vieille France, siempre caprichosa, incomprensible y temperamental; pero la única selección capaz de chafarle la guitarra a los galeses. A decir de los que entienden, esta renovada selección galesa fue una de las grandes sorpresas del pasado Mundial (quedaron en un meritorio 4º puesto que podía haber sido un tercero de no habérserles anulado un ensayo legal frente a Australia). Una renovación bastante profunda en sus líneas, pero cabal pues conservaba -y conserva- algunos imprescindibles elementos veteranos. Su juego fresco, dinámico, sacrificado y descarado deslumbró al planeta rugbístico. Muchos han recordado a la legendaria selección que Gales tuvo en los 70. Yo mismo recuerdo de cuando era niño a aquella País de Gales, como se llamaba entonces a esta selección en las retransmisiones que hacía la única televisión de España. A mi padre le gustaba ver los partidos del entonces V Naciones (aún no participaba Italia en aquellos años) y recuerdo haber visto un buen puñado de ellos. Y recuerdo además -aunque tenía entre 7 y 12 años- que mi equipo preferido era el de Gales (me gustaba -supongo- el hecho de que ganaran con frecuencia, así como me gustaba el nombre ese de País de Gales porque me sonaba exótico). Vamos a rememorar aquellos tiempos en homenaje por su recién obtenida Triple corona (por cierto, a fijarse en los mol que se practicaban entonces):
Ya veremos lo que pasa con este VI Naciones pero, y aunque tengo las preferencias algo partidas entre Francia y Gales, lo cierto es que pienso que se lo merecen más los galeses. Han conseguido tres victorias difíciles ante equipos potentísimos. Con una rocosa y contundente Irlanda estuvieron por debajo en el marcador hasta casi el final, pero lograron imponerse. Frente a Escocia, que han sorprendido con un juego más galés que escocés, les resultó más fácil a pesar de que en los tramos finales de ambas mitades lo pasaron mal. Y contra los poderosos ingleses lograron ganar in extremis con un ensayo precioso.
Los neozelandeses haciendo su haka frente a unos desafiantes franceses. Prolegómenos de un gran encuentro.
Desde hace tres años, nuestro hijo D. juega a rugby. No somos una familia muy "deportiva" que digamos, pero esta circunstancia ha hecho que inevitablemente nos hayamos aficionado un poco a este deporte. Bueno, también vemos partidos de fútbol de vez en cuando, especialmente las finales o los considerados como "grandes citas", pero, entre nosotros, hemos de decir que no tenemos al fútbol como un deporte sino como un juego de patio de colegio.
Bach to rugby. Ayer finalizó la 7ª Rugby World Cup, o más comúnmente llamado "mundial de rugby". Y lo hizo con un partido espectacular: Nueva Zelanda (que jugaba como anfitriona) contra Francia (la eterna aspirante). Además de la tensión e importancia por ser una final, el partido iba a ser apasionante porque ambas selecciones se tienen cuentas pendientes. Son dos de las escuadras que practican un juego más excelso. Sus partidos son siempre choques bestiales. Y había un precedente anterior, la final jugada por ambos en el primer mundial, en 1987, que también se disputó en Auckland y que acabó con la victoria de los all blacks (como se llama a los neozelandeses). Así que iba a ser un partido con todos los ingredientes.
Y, en efecto, lo fue. Ganó Nueva Zelanda con un ajustado 8 a 7. El último tramo del encuentro fue agónico para los neozelandeses. Francia, ayer, desplegó un juego mejor y tuvo a los all blacks contra las cuerdas durante casi todo el partido. Llegaron a descentrar por completo a Piri Weepu, el medio melé titular de los all blacks, que hasta ese momento había realizado un mundial extraordinario. Un golpe de castigo frente a palos daría el triunfo a los anfitriones, ya que ambas selecciones sólo hicieron un ensayo cada una.
La trayectoria de ambos equipos durante el torneo ha sido bien distinta. Mientras Nueva Zelanda ha pasado por el mundial con un juego agresivo, de ataque y, más o menos, vapuleando a todos sus adversarios; la selección francesa ha ido de menos más. En la fase de grupos, jugaron casi todos los partidos con alineaciones no titulares, lo que casi les cuesta el paso a cuartos y lo que puso al entrenador, Marc Lièvremont, en el centro de todas las críticas. En cuartos de final la cosa cambió. Ya con el equipo 'A', por decirlo de algún modo, aplicaron un severo correctivo a Inglaterra y, aunque con algunos problemas, se desembarazaron de una de las revelaciones de este mundial, la joven y renovada selección de Gales.
No obstante la trayectoria ascendente de Francia, aún no habíamos visto de lo que en verdad son capaces (excepción hecha, quizá, del primer tiempo contra Inglaterra). Pero, los favoritos, por el rugby que habían practicado y por jugar en casa, seguían siendo los neozelandeses. Aunque, ya lo dicen los que entienden de esto, si alguien podía aguar la fiesta a Nueva Zelanda esos eran los franceses.
Finalmente se impuso la lógica y se llevó el mundial, merecidamente, Nueva Zelanda, por más que ayer jugará mucho mejor Francia. Cosas del deporte, ya saben.
Ni que decir se tiene que en casa íbamos con Francia.
Al margen de todo esto, queríamos decirles que el tema de los comentaristas deportivos es crítico en cualquier deporte, no es cosa sólo del fútbol. Hablan por hablar y a duras penas, también se equivocan, son parciales, etc. etc. Así que ayer decidimos disfrutar el match con el único comentario de "La pasión según San Juan", de Bach, en la espléndida versión grabada por John Eliot Gardiner, The Monteverdi Choir y The English Baroque Soloists para el sello Archiv Produktion.
Fantástico día ayer para los aficionados al rugby en Barcelona. Tuvo lugar uno de los cuatro partidos de cuartos de final de la Heineken Cup, el equivalente a la copa de Europa de clubs, que enfrentaba a la Union Sportive des Arlequins de Perpignan (USAP) y al Rugby Club Toulonnais, de Toulon. Por razones de todos sabidas, o mejor dicho, imaginadas -ya saben, pasta, contratos televisivos, y más pasta-, resulta que promotores y organizadores impusieron a los equipos la condición de que a partir de esta fase de la clasificación los partidos debían realizarse en campos que tuvieran una capacidad mínima de 25.000 personas. Es curioso porque, aún y siendo el sur de Francia un reducto del rugby, muchos de los clubs más competitivos no tienen campos tan grandes. Por ejemplo, la USAP, que por clasificación previa tenía el derecho de ser el local en esta eliminatoria a partido único, se vio obligada a elegir el estadio olímpico de Barcelona ya que el suyo, el Aimé-Giral, tiene tan sólo 14.500 localidades.
Así que, gracias a este detalle burocrático ayer pudimos disfrutar en directo de una gran tarde de rugby, y no cualquier cosa, sino de un partido de la Heineken Cup. A partir de ahora, y ya que sólo soy un aficionado principiante (les aseguro que hay algunas reglas que por más que lo intento luego no consigo entenderlas: es un juego increíblemente dinámico, en el que las líneas no cesan de desplazarse), voy a hablarles de lo que rodeó al evento.
No sé si lo sabrán pero en el mundo del rugby es una tradición reunirse antes del partido, a última hora de la mañana o al mediodía, en los alrededores del campo para comer y confraternizar. Las aficiones de los equipos en liza pasan el día juntos antes de acceder al recinto. Comiendo y bebiendo. Y es algo intergeneracional: implica desde abuelos a nietos. Esto pasa en las islas británicas y en Australia y en todas partes donde hay rugby, y obviamente también en Francia.
Resulta que la directiva de la USAP pidió permiso al Ayuntamiento de Barcelona para hacer una gran caracolada antes del encuentro, algo que además es tradición suya, así como en Sudáfrica o otras partes se arman barbacoas. El Ayuntamiento de la ciudad condal, con su proverbial miopía, les dijo que no. Que según las ordenanzas no se podía hacer bla bla bla.
Mientras subía hacia el estadio fuí testigo de escenas de renoiriana grandeza (aunque esto pueda parecer un contrasentido). Familias enteras -hay que insistir en lo de la diversidad de edades- apostadas en los laterales de las carreteras y en las zonas ajardinadas de la montaña de Montjuïc, comiendo y bebiendo la comida que traían y que, a buen seguro, tan cariñosamente habían preparado. Según mi punto de vista, un ejemplo de una forma de vivir el deporte colectiva, lúdica y vital. Y aquí es donde no nos queda más remedio que volver a mencionar a nuestros políticos locales. Políticos que, por cierto, son del mismo color desde la reanudación de los comicios municipales en democracia -y, particularmente, pienso que además son del mismo color que los que había antes... con distintos collares, eso sí (¿o es al revés?).
Bien, volvamos a la cosa: resulta que estos cerebros -del ayuntamiento- decidieron que no, que había unas ordenanzas y que éstas están para ser cumplidas. En fin, lo que hemos perdido, aunque no sea algo irreversible, es la oportunidad de que se nos contagie algo de una manera de vivir un deporte de grupo, de contacto y de pelota, cuya gente -practicantes y aficionados- han sabido sostener una forma de concebirlo que, lamentablemente, cada vez nos parece más anacrónica, sobre todo en un país como el nuestro, en el que el deporte rey es el fútbol. Claro, el Ayuntamiento de Barcelona, que se caracteriza por aplicar eficientemente cualquier medida, por absurda que sea, e incluso por aplicar no-medidas con el mismo tesón, debieron pensar que ya estaba todo inventado, y que nada como el cordón policial separador ofrecía las prestaciones que a ellos les interesan. Para ahora y para el futuro. (Y no digo que ayer pusieran policías separando a las aficiones, sino que volvieron a hacer gala de la poca cintura que tienen cuando se trata de vislumbrar posibilidades reales de mover las cosas para bien).
Preguntarse por la finalidad de dichas prestaciones es lo que en verdad da miedo. En el fondo todo se reduce a lo siguiente: los del ayuntamiento de mi ciudad siempre han tenido alergia a todo aquello que ellos no pueden controlar. Es así de sencillo. Una palmaria prueba de su talante desconfiado y ademocrático.
Entre tanto, ahí van las dos transformaciones de golpes de castigo que materializó el zaguero de la USAP, Jérôme Porical, en el primer tiempo (disculpen la lejanía, pero es que estaba en el palomar).
Ah, el resultado, por si les interesa, fue: USAP, 29 - RC Toulon, 25. La USAP pasa a semifinales. En el próximo post volveremos a la música.