lunes, 12 de septiembre de 2011

Habrá sangre


Este verano he podido ver una película que se me escapó en su momento, There will be blood, que aquí se estrenó como Pozos de ambición, título que no tiene nada que ver con el "habrá sangre" original pero que aún así no le queda mal ya que guarda un regusto a cierto tipo de 'clásico' hollywoodiense. La película está escrita y dirigida por Paul Thomas Anderson y se basa en la novela Oil (1927) de Upton Sinclair. Poco hay que decir de P.T. Anderson, ya que con tan sólo cinco films (los otros son Sidney, Boogie Nights, Magnolia y Punch-drunk Love) se ha convertido en uno de los cineastas más ambiciosos y personales del cine norteamericano actual.

La historia es tremenda. El relato se va desarrollando de un modo implacable, usando grandes elipsis o bien adoptando cadencias muy reposadas (tiene 4 intertítulos que marcan la cronología de la trama: 1898, una intro; 1902, la exposición de la mayoría de los factores que entrarán en conflicto; 1911, el nudo; 1927, el final, trágico y brutal). Los actores, y la dirección de actores, la ambientación, la fotografía,... una vez más el californiano demuestra un genio asombroso en todo ello. Pero lo realmente impactante es el tema. Como muchos de los grandes clásicos del cine norteamericano, uno de los ejes principales de la película es el inicio del capitalismo: la indagación de éste como algo que surge en unas determinadas condiciones ambientales pero, también, la visión del mismo como realización de una quimera y su estudio como conducta personal y/o familiar. El tema y parecidos enfoques o preocupaciones los podemos encontrar en un montón de obras maestras del cine de Hollywood: desde Avaricia de Stroheim hasta los "Padrinos" de Coppola, pasando por los primeros Welles (Kane y los Ambersons) y por algunos westerns (en cierto sentido, este film también sería un western, aunque como ocurre con muchos de los neowesterns de los años 60 y 70, un western problemático y esquivo).

También desde un punto de vista estético la película dialoga con la historia del cine norteamericano. El paisaje de California (que tuvo que ser recreado en Texas) ocupa 4 quintas partes del film, y sobre él reverberan los gestos fundacionales -terribles, contradictorios y homicidas- de la nación americana. Ahí vuelve a estar presente el western, obviamente, y Avaricia, pero también un film como Days of Heaven (1978), en el que Terrence Malick y Néstor Almendros reinventaron ese paisaje para sus contemporáneos.

No es casual que el personaje de Daniel Plainview (interpretado por Daniel Day Lewis, para algunos desmesuradamente, para mí está en su punto de cocción) sea un petrolero, un pionero del negocio del petróleo. No creo que eso sea casualidad en el contexto actual. La película no dice nada claro ni establece ninguna conexión con el momento presente o con ningún prohombre de los EE.UU., obviamente, pero la tiránica relacion que Plainview establece con cuanto le rodea, incluido su propio hijo, sugiere muchas cosas («I've built my hatreds up over the years, little by little», le dice en un momento a su supuesto hermano). Por otra parte, su antagonista es Eli Sunday, un joven e iluminado predicador que se considera a sí mismo profeta y cuya ambición es desmesurada. Es su adversario, aunque ambos tengan más en común de lo que creen (el amor al dinero). Este segundo personaje, que entronca con El fuego y la palabra o con Sangre sabia, es la otra cara de una misma moneda, el segundo pilar sobre el que se levanta la gran ópera americana, el otro aspecto de una estética cinematográfica: palabra/acción, Dios/progreso, iluminación/perseverancia, superstición/trabajo... El enfrentamiento entre ambos se salda trágicamente. Pero, no obstante lo dramático de la conclusión, parece más el nacimiento de una nueva cosa que el final de un mundo anterior.

Junto a todo esto, otra cosa me ha sorprendido: la música. Además de un fragmento de Arvo Pärt y de un movimiento del Concierto para violín en Re Mayor de Brahms, el resto es original de Jonny Greenwood. Muchos sabrán quién es, otros no. Greenwood es el guitarrista y mano derecha de Thom Yorke en Radiohead. No es el primer soundtrack que compone. Había hecho algunos ya, y después ha seguido. El resultado por lo que respecta a There will be blood es extraordinario. Hace cosas que suenan frescas y novedosas sin serlo necesariamente, y creo que es porque no pertenece al mundillo de Hollywood (esto sería fácilmente constatable si pensamos que para sus anteriores películas P.T. Anderson había encargado la música a otro heterodoxo, Jon Brion) y, por tanto, no se pliega o hasta desconoce determinadas convenciones del oficio. Es una música que acompaña y completa; que ayuda a penetrar en un paisaje pero que es esencialmente psicológica. Tiene color y tonalidad dramáticos.

Y todo esto para poner un desazonador fragmento ("Henry Plainview") de la banda sonora:



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